En los últimos años se ha venido notando una degradación en los valores morales de la sociedad Española, no solo en cuanto a las buenas maneras (cada vez más extraviadas) sino con respecto al comportamiento tanto con terceras personas, así como con la ciudad en donde se reside.
Por ejemplo. Cada vez es más habitual encontrarse con el típico conductor que con tal de no frenar ante un peatón que cruza por el "paso de cebra", insulta e incluso se encara con el mismo independientemente de su edad, sexo, raza, etnia o condición social. En otras ocasiones podemos ver a los conductores no respetar ni límites de velocidad, pudiendo verlos conducir a más de 60km/H en calles del centro urbano de cualquier población. No hablaré de tráfico en esta nota, pero lamentablemente muchos de estos casos están relacionados con lo que escribiré a continuación.
Todos somos conscientes (a no ser que vivamos en una pequeña población) que cada vez es más habitual que cualquiera puede recibir una dosis de violencia gratuita sin que haya existido previamente un encuentro fortuito entre agresor y víctima.
También reciben esa violencia gratuita nuestras posesiones, esta vez bajo las palabras vandalismo urbano, y es que últimamente se ha puesto de moda producir daños a nuestras casas o vehículos, por ejemplo, cada día es más habitual encontrarnos con alguna desagradable "sorpresita" cuando aparcamos nuestro vehículo en la calle. Hoy no es raro que nos podamos encontrar con una flema adherida en alguna parte de un vehículo. Tampoco nos debemos sorprender cuando nos encontramos con los retrovisores de los coches rotos o arrancados a golpes, el sillín de alguna motocicleta dividido en rajas, ruedas pinchadas, o en el peor de los casos que arda un vehículo. También nuestras viviendas pueden sufrir daños de diverso índole dependiendo de la altura donde residamos. De nada sirve que se haya pintado la fachada de la misma si durante el fin de semana un grupo de desalmados pintan "un grafiti".
Lamentablemente no es que se cometan o se dejen de cometer estas acciones de inmoralidad gratuita, lo peor de todo es la impunidad que esgrimen estos infractores, que en la mayoría de los casos son menores. Lamentablemente, son el ejemplo a seguir para el resto de sus semejantes y cada vez nos encontramos con un número creciente de vándalos.
Es penoso que lejos de amilanarse cuando estos son detenidos. Los menores (o los no tanto) son protegidos a capa y espada por sus progenitores, los cuales consideran a sus hijos como "un modelo a seguir", inocentes que han sido detenidos ilegalmente por algún policía "corrupto".
Desgraciadamente estos menores crecen y siguen comportándose como vándalos aún cuando han superado con creces los 30 años.
No deseo finalizar este artículo sin comentar que en los últimos 3 años se ha multiplicado por doce este tipo de casos, según un estudio conjunto de las universidades Hispalense y Pablo de Olavide de Sevilla.